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A las 6 y pico

AMOR Y VIDA

AMOR Y  VIDA

Si observo las leyes de la razón,
mil motivos tengo para olvidarte.
Y sólo una razón para quererte
si escucho las reglas del corazón.

Dícese del amor que es generoso,
sensible, desprendido y confiado,
alborada en la noche y canto osado
mientras navega en verso misterioso.

Sólo tengo una razón, sí, sólo una
razón que me arrastra y me cautiva,
una razón que ensombrece una y mil

razones poderosas sin fortuna.
Pues amar rejuvenece, es la vida
sobre lecho blanco, dulce y sutil.

Cayetano Bretones - Goreño

Si te dieras la vuelta

Si te dieras la vuelta te darías cuenta de que yo aún te espero. Que te espero porque te siento y y porque siento que es imposible; deberías hacerlo posible, en la sombra de tus miedos, donde nacía aquella luz platónica que un día se tornó en ilusión cegadora.
Mas todavía habrá de quedar una chispa, por mínima que ésta sea, que te devuelva la mirada, para que tú puedas volverme a ver.
No, no me ves, pues son anónimo y anónimo soy porque no me ves.
Si te dieras la vuelta me harías sentir hermosa, me dedicarías la última prosa y te regocijarías en tu propia derrota. Aceptarías mi invitación al jardín de los sueños, donde jugaríamos hasta que decidieras dejarte deslumbrar por mis amaneceres.
Pero claro, tú no eres de los que se dan la vuelta.

gota

gota

Comienza a resbalar la gota por el cristal,
y no sabe que se deja la vida en él,
en la transparencia que esconde a la muerte
bajo la soledad plana de arena fundida en ola.
Deja su huella un rastro, que es memoria,
y brillos de serpiente sobre recuerdos mates,
en un camino que suda lágrimas de zafiro
hacia el seco final de su vida mojada.
La gota no se rebela ante su futuro cierto,
conoce que lo efímero es irremediable,
y su ambición no es otra que la de la levedad
con la que se sueña en la frontera del sueño.
No tiene tiempo para fijar su propio reflejo,
ni espacio donde guardar una última esperanza,
pero no deja de ser gota azul, transparente de blanca,
hasta que se hace aire eterno de nubes de cielo.

© pokit in a pocket “gota”

Nadie me hace caso

A mí nunca me ha hecho caso nadie. Debe de ser cosa de la falta de don de gentes o de personalidad, pero la cosa es que los demás siempre me ignoran. Jamás he sido capaz de mantener la atención de un interlocutor.
Las ocasiones en las que he pasado totalmente desapercibido son incontables. Todavía recuerdo el día en que regresé al hogar tras las vacaciones veraniegas y me encontré con que unos ladrones me estaban desvalijando. Yo gritaba:
- ¡Voy a llamar a la policia!
Ellos seguían sin inmutarse.
Y yo llamando a la policía.
Y la policía que decía:
- ¿Sí? ¿Diga? ¿Hay alguien ahí?
- ¡Sí, soy yo! ¡escuche! ¡que me están desvalijando!- contestaba yo dándole golpes al teléfono para hacerlo funcionar. – ¡Parad ya, coño! – me dirigía hacía los descarados ladrones.

Aquello fue muy humillante. Y costoso, el hecho de reponer todos los enseres que me fueron robados resultó costosísimo, ya que ni que decir tiene que los del seguro no me hicieron ningún caso.
Por cierto, el típico chiste del hombre anodino que va al psicólogo y le dice:
- “Doctor, nadie me hace caso.
A lo que el doctor contesta:
- Perdone, ¿ha dicho usted algo?”
Está basado en mí. ¡En serio!

Es algo que siempre he tenido asumido. Hasta el momento, mis pasos por este mundo han sido bastante invisibles; es decir, soy de los que pasan sin pena ni gloria.
Pero desde hace una semana mi vida ha dado un giro de 180º. Todo ha cambiado por completo desde que me compré a Sultan.
El dependiente, una vez apreció mi presencia en su establecimiento, me dijo que Sultán había sido entrenado para obedecer al que fuera su amo. ¡Y así es! Yo le digo a Sultán:
- Sultán, mueve la colita.
Y Sultán mueve la colita para mí (ojo, su colita, no la mía).
Si le digo:
- Sultán, ladra.
Y Sultán ladra.
Cuando lo llevo a pasear y regresamos los dos cansados, le digo que saque la lengua para respirar mejor ¡y él lo hace!
Bueno, lo mejor de todo es cuando le tiro un palo o una pelota y él casi siempre sale corriendo a por ella para traérmela de vuelta.
Por fin siento que alguien me tiene en cuenta. Es más, yo creo que desde que Sultán llegó a mi vida, los demás están empezando a considerarme un poco.
Al fin me siento querido, escuchado, ¡siento que existo! En definitiva, me siento vivo.
Anteayer pasé por la tienda de animales y entré para darle las gracias al dependiente, pero él me contestó:
- ¿Usted quién es? Perdone, pero no le conozco de nada.
En fin, yo estoy aquí, sentando en mi jardín, feliz, jugando con Sultán. Ahora mismo le he tirado una pelota con tanta intensidad, que Sultán ha tenido que saltar la verja para poderla atrapar. Es que es tan obediente y me hace tanto caso…
- ¡Sultán! ¿Dónde vas? ¡Sultán, vuelve!, ¡vuelveeeeeeeee!

Bombas

Las bombas empiezan a condicionar seriamente mi vida. Todo comenzó cuando me hice con unas cuantas bombas de la Segunda Guerra Mundial en una subasta, ejemplares de gran valor dignos de la vitrina de un museo. Antes de esto, ya me interesaban las bombas, pero (como suele suceder) el hallazgo estimuló aún más mi interés. Decidí ampliar la colección. Compré vitrinas para ir colocando mis bombas, pero pronto mi afán de coleccionista ocupó todo el espacio, y las bombas fueron repartiéndose por los cajones, los armarios, las mesas, las sillas y los rincones. Hoy, ya lo pueden ustedes ver, vivo totalmente rodeado de bombas, y debo caminar con cuidado para no tropezarme con ellas. Esta bomba de mi escritorio la compré porque estaba en oferta, las tres de los tiestos eran un 3X2, las del suelo son regalos, excepto esa tan bonita, la redonda, que la encontré en un remate. He pasado mucho tiempo las armerías, y casi siempre volvía con algo.

Sin embargo... últimamente ya no las frecuento tanto, y estoy tratando de no comprar más bombas. Tanta bomba empieza a ser un problema. El otro día abrí el armario para sacar una camisa, y cayeron de dentro por lo menos una veintena de granadas. Afortunadamente todas tenían el seguro bien puesto, y no estallaron, pero una me hizo un hematoma en el pie izquierdo, aparte del susto, naturalmente.

Incluso estoy pensando en mudarme de casa, abandonar aquí mi preciosa y peligrosa colección, y quizá llevarme tan solo mis piezas más antiguas y valiosas, mis queridas bombas de la Segunda Guerra Mundial.

¡¡¡Atención!!!

¡¡¡Atención!!!

El texto que lleva por título "Infierno Celestial" está basado en una idea este Blog. Y del que se escogió una parte de ambos textos publicados como anónimos, refundiéndose con el título antes mencionado. Gracias al autor de las dos ideas, se ha podido seguir con esta historia (un poco más larga) Es tanto suyo como mío... La continuación está en www.calavera.blogia.com. Gracias de nuevo por esta idea.

Soy un escritor comprometido

¿Acaso puede uno negarse a hablar, ante tanta injusticia? ¿Debería uno escribir recluido en una torre de marfil? ¡Oh, pero sale tan caro el marfil!

Que no cunda el silencio, que se diga, que se oiga:

Que los árboles no saben llorar, aunque tengan sus motivos.
Que los gatos no reciben la instrucción necesaria para aprovechar adecuadamente sus superiores dotes artísticas.
Que el pez grande se come al chico, cuando debería comerse el pez bello al feo, el interesante al anodino, y el alegre al triste, para que el mar estuviera siempre lleno de maravilla.
Que las casas antiguas ya no pueden expulsar a sus fastidiosos amos creando ruidos de cadenas que se arrastran y gemidos de almas en pena. ¡Ya nadie escucha a las casas!
Que los sueños se vuelven amarillos y quebadizos como el papel viejo.
Que los recuerdos se nos vuelven imágenes rígidas, frías, incapaces de conmovernos, y así se nos va muriendo la vida.
Que ni el amor ni la amistad son capaces de crear la primavera a su alrededor.
Que el ciempiés nada ha hecho para merecer tantas patas.
Que las manzanas no suelen encerrar esmeraldas, ni las sandías rubíes.
Que la belleza no calma la sed, ni el hambre.
Que no existen suministros suficientes de poesía.

Que Dios, pese a todo, se niega a dimitir.

Aquí sentada

Aquí sentada

Boceto.
Grafito sobre papel.

No pongo tema porque no me gusta demasiado. Pero yo qué sé, yo os lo muestro.
Todo, aunque sea el más mínimo trazo, la palabra más absurda, interviene en el proceso creativo, ¿no lo creéis así?

aceras nocturnas

aceras nocturnas

La luz se exilia
a la antigua oscuridad,
no quedan más
de tres montones de tierra
en un parque
de árboles futuros,
apenas a veinte
centímetros del suelo.
Cambian las sombras
de formas sin color,
no hay modos de mañanas
llegando tarde,
y las palabras dichas
significan más letras
de las que se escriben
en el espacio del aire.
La calle escucha los paseos
que la hacen calle,
mojada con la anaranjada luz
que tiñe la levedad
de una mano en la cintura,
cuando al final del todo,
está el principio de un comienzo.

© pokit in a pocket “aceras nocturnas”

Un instante de luz

(Dedicado a Pokito)

Elena sabe a miel con limón y huele a azahar sobre albero húmedo. Cuando sonríe despliega sus alas en colores y se le inunda la cara de luz. Mirarla a esos ojos oscuros es caer en el abismo de sus profundidades, dejar de lado la angustia, vaciar el alma de grises y olvidar las huellas, aunque sólo sea por unos segundos,los que tarda en desviar la mirada para perderse de nuevo.

Elena es sal mezclada con vino dulce, borbotones de tiempo incrustado en mis recuerdos. Playas de arena blanca y caracolas, suave tintineo de campanas de una lejanía inalcanzable.
Elena sabe como nadie romper en mil cristales el espejo mágico de mi soledad, sabe también de eternos principios y de infinitos finales, aquellos que siempre están pero nunca existen, ajenos a mis desvelos y mis inseguridades.

Elena es eso y mucho más, diosa de mi mundo abstracto y diluído en el espacio común de esta nada escurridiza y traicionera como su mirada, en la que caigo sin remedio cada vez que cierro los ojos para no olvidarla.

Reflexiones dominicales (III)

1 - Una semana perdida y otra casi

Hoy es otro día, hoy es más tarde, y no arrancan con facilidad estas reflexiones dominicales. ¿Quién dijo que hay que escribir con facilidad? Escribir es difícil porque vivir es difícil y todo es, en realidad, muy difícil. Cuándo algo parece fácil, es sólo porque hemos obviado cantidad de detalles. Debemos obviar esos detalles, claro está, pero eso no los elimina. La dificultad sigue ahí, y a veces nos pone zancadillas.

Por ejemplo, muchas veces se habla de alguien que, en un momento dado, ha elegido "el camino fácil", se ha rendido y se ha dejado caer por la pendiente, pero ¿quién nos dice que esa pendiente era fácil? ¿Se puede juzgar a la ligera la dificultad de dejarse caer y no presentar batalla, persistir en esa actitud y ya no volver a levantar cabeza, nunca más?

Todo es difícil...

Es difícil escribir cuando uno no sabe a ciencia cierta qué importancia puede tener escribir.
Es difícil vivir cuando uno no sabe exactamente para qué.
Es muy difícil empezar esta tercera entrega de las "reflexiones dominicales" confesando que el experimento que planteaba al principio, en rigor, ya ha finalizado, mucho antes de lo que esperaba.

Me cito a mí mismo:
Ir escribiendo, cada domingo, una serie de reflexiones.
Efectivamente, eso me proponía, y quizá alguien se haya dado cuenta de que el tercer domingo no hubo texto.

En rigor, digo, el experimento ha finalizado... ¡Pero sólo en rigor! Vuelvo a lo de antes: todo es difícil, y por eso, a veces, hay que olvidar ciertos detalles...

Y sucede además que los días se extienden más allá de sus fronteras habituales, y este domingo ya es un lunes disfrazado de domingo. Un lunes disfrazado de domingo por la más extraña de las circunstancias, porque es dos de mayo y un dos de mayo, hace muchos años, los madrileños salieron a la calle con cuchillos de cocina para plantar cara al pérfido y esdrújulo ejército invasor, o algo así. Por esa paradójica razón, la gente de Madrid se queda en casita hoy, como si fuera domingo. O se va a invadir tierras lejanas, con la intención de buscar climas más benignos, bañarse en la playa, hacer pic-nic, o vaya usted a saber. Y así, una revuelta popular se convierte, pasados los años, en una prolongación del domingo, y en una excusa para entregar tarde estas reflexiones.

Entregarlas tarde... si entrego algo. Porque es difícil hablar de la dificultad, pero más difícil aún es hablar de otra cosa cuando uno se tropieza ante la dificultad de decir cualquier cosa y que alguien se entere y le importe.

2 - Pero siempre hay una salida

O casi siempre, y si no, se inventa. Se puede eludir lo difícil, sin necesidad de lo fácil, recurriendo a lo imposible. Ciertamente, esto es algo que requiere grandes dosis de excentricidad, pero por suerte, uno no está del todo privado de tan grata virtud.

Así que recapitulemos. Uno se pone a escribir y lo primero es la dificultad, luego surge como alternativa la imposibilidad, y en ese momento necesitamos la excentricidad como punto de apoyo. Pero no vale una excentricidad fingida, sino la auténtica excentricidad, la locura incluso, la risa estentórea que asusta a los niños en el funeral del abuelo, y la locura bonita de quien se niega a cazar conejos porque prefiere pescarlos, y va al campo con su caña de pescar y su cesta, y se pasa horas y horas mirando los animalejos del bosque, y que, cuando los del pueblo se ríen de él y le preguntan (a la vuelta) cuántos conejos ha pescado (aunque es obvio que la cesta está vacía), sonríe y responde que ha pescado justo la cantidad de conejos que deseaba pescar. La excentricidad (o la locura) de quien sabe que si ese individuo pescara, por un azar del destino, algún conejo, algo tendría que pasar: la carne sabría a frambuesa, o encontraría un diamante en el estómago del animal, una piedra enorme que contendría un conejo minúsculo en el interior, un conejo vivo de diamante con conejos de diamante en su interior. Inventar domingos propios y modificar el curso de las semanas no es mucho para la excentricidad, y entonces ya se puede echar el anzuelo y esperar, y no dejar que la cordura perturbe la paz...

3 - La fantasía

Creo que es falso o al menos arriesgado afirmar (aunque podría afirmarse) que las invenciones de la fantasía nos asombran porque resultan extrañas al compararlas con la realidad. De hecho: ¿las comparamos con la realidad? De hecho: ¿qué sabemos de la realidad?
Puedo imaginar que veo un fantasma, que siento una presencia inexplicable, que los sucesos de mis sueños tienen consecuencias en mi vida diruna... Pero imaginar esas cosas, llamarlas "fantasía" y asombrarme; puedo escribirlas, llamarlas "literatura fantástica" y asombrar. Sin embargo, no creo que pueda imaginar que vea algo más extraño que el hecho de ver, o que sienta algo más asombroso que sentir, o que viva una aventura más prodigiosa que estar vivo. Sólo la costumbre, la misma que crea las facilidades, impide que me asombre continuamente de ver, sentir y vivir. Uno se queda un lunes en casa, o se va al campo a hacer un pic-nic, porque hace cientos de años la gente de una ciudad salió de sus casas con cuchillos de cocina, sartenes, rodillos, tenedores, cucharas soperas, sacacorchos, embudos, tostadoras, espumaderas, cazuelas, botellas y tetra-bricks para repeler a un ejército, y se queda tan tranquilo, para luego asombrarse de lámparas mágicas y alfombras voladoras.

Quizá la fantasía, al restaurar ese asombro que la costumbre roba a la realidad, sea más realista que la vida según la vivimos.

4 - Recapitulando temas

La dificultad, la imposibilidad, la excentricidad, la imaginación y el asombro: ¿no serán estos los grandes temas que se ha cuestionado la humanidad, cuando creía cuestionar a Dios, el ser, la nada o la muerte? Según se mire. ¿No es todo filósofo un excéntrico que busca a un hombre con su lamparita? ¿No es el asombro el que nos empuja a la tarea imposible de conocer? ¿No es la imaginación la que hace posible eso que es imposible?

QUIMERA

QUIMERA

Cual si al verte mi boca enmudeciera,
mi abierta herida grita y escarnece,
y llora hasta el dolor y se estremece.
Pues amarte muriendo no quisiera.

Tropezarme contigo es mi ceguera,
olvidarte, mi luto, mi tormento,
quererte, mi dolor y sufrimiento.
¿Qué hacer para salir de esta quimera?

No quisiera soñar, si al despertar,
perdido en las tinieblas del recuerdo,
naufragando en mis mares de dolor,

te encontrara intentando rescatar
mi grito herido, loco, pero cuerdo,
embarcada en la nave del amor.
Goreño

FÁBULA - 3

FÁBULA - 3

FÁBULA -3

En la amplia casona, de estilo arquitectónico puramente árabe, una pareja de gatos patrulla por la casa para poner a raya a los ratones, los cuales atienden a los nombres de Alfredo y Regalón. El primero es torpe y confiado, pero obstinado y glotón. Todos los trancazos que se reparten en la casa se los lleva él: raramente percibe el peligro cuando se aproxima, y siempre se ve envuelto en todos los problemas que acontecen a su alrededor. Sin embargo, Regalón, es inteligente, ladino, astuto y marrullero, pero, perseverante, hasta tanto no consigue lo que se propone; aunque para ello tenga que recurrir a las traiciones y argucias más insospechadas. Todas sus travesuras las hace siempre con la mayor astucia para no ser visto y desapareciendo al instante, dejando al frente de sus tropelías al inocente Alfredo, que suele ser quien carga siempre con la responsabilidad de sus travesuras y maldades.

Yo he visto a Regalón hacer una extraña acrobacia para saltar a las barras que penden del techo donde están colgados los embutidos. Pero como yo soy un gorrión, es evidente que no podía decir a nadie quién era el autor de semejante travesura, por lo que las sospechas muchas veces recaían sobre nosotros, y Tino nos acusaba injustamente de pájaros carpinteros y dañinos, pues era impensable que un gato pudiera llegar hasta allí. Por fin, al observar que algunos embutidos iban disminuyendo de tamaño más deprisa de lo que habitualmente se consumía en la casa, y en sus extremos se podían ver claramente marcas de dientes, Tino optó por poner unas trampas de finísimo alambre bien disimuladas. Y cuál no fue su sorpresa cuando, al oír un día maullidos prolongados y angustiosos de un gato, se personó en el lugar de los hechos y comprobó que se trataba de Regalón. Su codicia le impidió ver el peligro y, como ocurre con todo el que es víctima de ella, había caído en la trampa, de la que estaba colgado de una pata a dos palmos del suelo. La verdad es que Regalón no se consoló al ver a Tino, sino que se enfureció aún más cuando lo vio llegar: sabía que no escaparía sin recibir su castigo. Efectivamente, Tino lo liberó de aquel tormento, pero le esperaba tal vez otro peor; pues después de introducirlo en un saco de malla, le ató la boca y lo colgó de un clavo que había en una de las vigas del techo, y allí lo tuvo durante dos días sin comer ni beber. No obstante, cada día lo visitaba varias veces para comprobar su estado, hasta que al segundo día, antes de soltarle, le echó un discurso con elevado tono en el que, con palabras sentenciosas, le dijo lo siguiente:

-Si, amigo, a la vida no hemos venido a vivir del cuento, a descuidar nuestras obligaciones o dejarlas a expensas de los que, por ser más responsables, han de cargar siempre con el muerto. Tu obligación como gato es cazar ratones y para eso te pago con alojamiento y una buena alimentación. Así que, olvídate de los chorizos porque, como le decía D. Quijote a Sancho, la miel no se ha hecho para la boca del asno. No obstante, volverás a ser libre, pero no sin antes dejarte un merecido recuerdo para que no lo olvides el resto de tu vida.

Acto seguido abrió la boca al saco y le introdujo dos chorizos para volverlo a cerrar, mientras le decía:
-Ahí tienes la comida que tanto te gusta, Regalón, sólo que esta vez los chorizos son picantes a rabiar; tanto que, cuando los comas, irán haciendo surcos en tus tragaderas como dos trozos de hierro candente. Esto es: decide entre morir de hambre o convertir tu estómago en un volcán, que es justamente lo que se merece todo aquel que se empeña en adueñarse de algo que no le pertenece. Es de suponer que Regalón anduvo ora muerdo, ora no muerdo los chorizos, porque le perecería sospechoso tanta generosidad en algo que era la causa de su encierro, como también es de suponer que, finalmente, el hambre venció a su voluntad y se decidió a comerlos, posiblemente sin masticar. Pero nada más llegaron los chorizos a su estómago vacío, el volcán se puso en erupción y los maullidos llegaban al cielo. El saco se balanceaba con movimientos tan violentos como un velero en la tempestad, hasta que cayó al suelo desplomado. Fue entonces cuando Tino abrió el saco y lo dejó en libertad y, aunque débil y tambaleante, Regalón salió con la velocidad del rayo topándose en las puertas, mientras Tino lo veía desde la ventana volando camino abajo a buscar el agua que corría permanentemente por la acequia.
Goreño

Caida libre

Me precipito al vacío de unos ojos
y me dejo caer convertida en lágrima.
Ardiente la sal se desliza,
creando grietas, a través de tu cara
y por un momento
me convierto en el vendaval
que le da el giro a tu vida.

Cuando nadie me ve.

Cuando nadie me ve me transformo en un prodigio de belleza , mis labios se convierten en reclamos de deseo , la sonrisa ilumina mi cara como nieve en una mañana de invierno y si alguien pudiera verla quedaría para siempre prendido de su hechizo .Cuando nadie me ve mi pelo crece hasta cubrir mi desnudez , mis ojos se vuelven transparentes y dulces y sus miradas certeras adivinan el pensamiento de los espejos en que se reflejan .Cuando nadie me ve las palabras brotan de mi pelo y de mis manos y se mezclan juguetonas para contar al aire historias de pasiones arrebatadoras , de amor y desamor , de ternuras y desengaños , de risas y de vida , y el aire las lleva a la cama en que duermes y te acarician los párpados hasta hacerte sonreir .Cuando nadie me ve me siento en el borde del horizonte con los pies colgando y mientras los muevo sin parar como una niña impaciente , cuento gaviotas , delfines , mariposas , estrellas y caballitos de mar que me besan y huyen dejando mis mejillas mojadas y llenas de sal , y después , paso por ellas un dedo , y sabe a miel de caña y algodón de azúcar. Cuando nadie me ve los relojes contienen el aliento y me regalan horas perdidas por niños aburridos . Cuando nadie me ve abrazo al futuro , y la luna menguante y el sol de Poniente juegan al escondite en mi cuello .Cuando nadie me ve sé hablar en todos los idiomas, conocidos y desconocidos , fáciles y difíciles , cercanos y remotos , y entiendo a cada criatura de la creación y sé hacerme entender por todas ellas , y aprendo de la filosofía del buho , y del canto de la cigarra , y de los silencios de las flores , y les cuento cuentos de princesas y dragones que escuchan boquiabiertos.Cuando nadie me ve quiero creer que soy feliz y lo consigo , y risas de niño son la nana que acompaña mi sueño , y me perfumo con gotas de rocío , y los planetas me arropan mientras las estrellas velan mi sueño...Cuando nadie me ve soy lo más parecido a mi idea de la perfección y aunque al salir capas y capas de realidad me transforman en lo que veis , éso no es lo que soy , lo que soy sólo lo saben los espejos , y ellos saben que su imagen no vale más que mil palabras, sino que vale las palabras que no dicen . Por eso , fieles a su esencia y conscientes de su valor , callan lo que soy cuando nadie me ve.

Alegría

Es un hecho demostrado científicamente que la alegría puede suplir satisfactoriamente a la felicidad. No es lo mismo, ni otro grado de la misma cosa, ni otra manifestación de lo mismo: es algo completamente distinto, y, sin embargo, la alegría hace que no echemos de menos la felicidad ausente. Usted mismo puede comprobarlo: levántese todas las mañanas con alegría, haga sus cosas del día con alegría, y, si la alegría no es fingida, no tendrá necesidad de llorar al acostarse ¡garantizado!

Además, la alegría tiene ciertas ventajas que la hacen más recomendable que la felicidad. Para empezar, la felicidad, para qué vamos a engañarnos, viene y va sin que podamos hacer mucho para propiciarlo o evitarlo. La alegría, en cambio, podemos tratar de mantenerla pese a todo, ejercitarla todos los días, como ejercitamos un músculo: ¡uno dos uno dos! Por otra parte, la vida es continuo movimiento, y la felicidad es perezosa. La felicidad dice: ¡que no me muevan! ¡que estoy bien como estoy! Y la alegría dice: ¡arreando! Por eso, algunos que han creído inventar la rueda nos han identificado la felicidad total con la muerte, utilizando palabras sonoras como aniquilación ¡oh sabios! Pero quién afronta la muerte con alegría, qué vivo está aún.

Dejemos que la esquiva felicidad haga lo suyo, que pase por nosotros cuando tenga que pasar... sin darle mayor importancia... ¡y un poquito de alegría, leñe!

Pero también un poco de seriedad, ¿eh? que si no esto va a parecer una verbena.

Infierno Celestial

Estaba muy oscuro. En aquella residencia de estudiantes las sombras de la noche siempre se acentuaban y se hacían más tenebrosas, así como que bastaba el más leve de los sonidos para despertar la intranquilidad en quien habitaba.

Apenas quedaban cinco días para la Navidad y la mayoría de las chicas ya se habían ido a sus respectivos hogares, a disfrutarlas junto a sus familias. Pero Ana y Lidia siempre esperaban hasta el último instante para marcharse.
Ana tenía el billete de autobús para las 12 horas del día siguiente, mientras que a Lidia le tocaba coger el avión de las 13h. Allí estaban las dos, caminando sigilosamente por los pasillos, rezando entre risitas por que las monjas no las pillaran.

Estaban a punto de llegar al cuarto de Lidia cuando Ana, en un alarde de torpeza pisó la baldosa falsa, que emitió un ruido inesperado en aquella noche tranquila, que las hizo sobresaltarse. El primer impulso de Lidia fue empujar a Ana contra la pared y taparle la boca para que no emitiera sonido.
Se quedaron así un rato, mirándose en la oscuridad mientras sus respectivos corazones latían acelerados.

Entonces Lidia posó sus labios sobre los de Ana, besándola. Ésta, influída por la excitación del momento la respondió sin pensarlo, hasta que se separó de una manera un tanto brusca, diciendo:
- Parece que la monja no viene, sigamos, anda.
Entraron en el cuarto de Lidia. Ésta se sentó un su cama, mientras que Ana optó por la silla de escritorio.
Lidia, haciéndole un gesto con la mano, le dijo dulcemente:
- Anda, ven aquí que no te voy a comer.-
A lo que Anda respondió a la manera de reproche:
- ¿Ah, no? ¿Y qué ha sido lo de antes?
- ¿Lo de antes?, ¿a qué te refieres con lo de antes?. - Anda, niña, ven aquí para que nos podamos escuchar bien sin tener que alzar la voz.

La residencia de estudiantes se encontraba situada al final de un frondoso bosque de hojas amarillas. Compuesto en su mayor parte por castaños de grueso tronco que habían echado sus raíces sobre aquel espeso manto de hierba. Esbeltos abedules que parecían querer tocar con sus ramas más altas el cielo gris. Acacias, robles y arces que se perdían entre los montes hasta donde alcanzaba la vista. A la entrada, se elevaba una alta verja de hierro forjado, macizos de flores cuidadosamente arreglados y un estrecho camino de grava que conducía hasta los grandes frontones de madera de la entrada. Se trataba de un edificio sobrio y funcional, con cierto aire de fortaleza y hermetismo. Se caracterizaba por su horizontalidad y su simetría. Con grandes pilastras y columnas que parecían dispuestas para impresionar e infundir respeto al visitante.

En suma, un feo y enorme bloque de piedra, inexpresivo, metódico y ordenado, que se erguía pesadamente en los lindes de aquella verde floresta.

Ana lo dudó unos segundos antes de acceder.
Al cabo de unos minutos ya estaban otra vez como siempre, hablando de sus cosas, riéndose, disfrutando de la gran amistad y tierna complicidad que las unía.
Una cosa llevó a la otra, y terminaron haciéndose cosquillas.
Lidia, que era muy sensible, no podía aguantar las risas, por lo que esta vez fue Ana la que tuvo que taparle la boca, echándosele encima.
Lidia apartó suavemente la mano de su compañera, mientras la miraba y le decía en un tono de voz apenas perceptible:
- Estás muy guapa.
- No sé que carajos te pasa, Lidia, pero déjalo ya, ¿quieres? - respondió Ana.
- No seas boba y déjate llevar.-

Ana la miró con una mezcla de miedo e incertidumbre, mientras que Lidia le acariciaba los cabellos. De ahí pasó a la mejilla y de ésta a los labios...
Ana dejó escapar un leve sonido que indicaba que aquéllo le gustaba, así que Lidia no dudó en besarla, siempre con mucha suavidad y dulzura.
Ana empezó a dejarse llevar, intentando no pensar en nada en concreto. La situación no dejaba de ser agradable, aquéllo sólo eran inocentes besos y juegos de caricias.

Las manos de ambas chicas se movían con total libertad sobre aquellas geografías desconocidas hasta el momento; colonizando montañas y estrechos que jamás hubieran imaginado existieran. Manos que abrían camino a lenguas más tímidas pero igualmente ardorosas.
La hermana Cecilia se acercó se acercó sigilosamente hacia el lugar de donde procedían los ruidos... No era posible que hubiese alumnas, todas se habían marchado, ya eran las 13:15 h. Con mucho cuidado se inclinó para ver qué es lo que sucedía… Y pudo comprobar los cuerpos pasionales de aquellas jóvenes… Su cuerpo ardió en deseos de estar allí entre ellas, pero su cabeza le decía lo contrario, la batalla sólo duró unos segundos, el tiempo en el que ella cerró la puerta con sumo cuidado, quitándose el hábito y la ropa interior…

Si bellos eran aquellos cuerpos, el de la monja era un auténtico espectáculo, cualquier persona hubiese dicho que era un auténtico desperdicio no poder aprovechar la pasión sensual que emitía aquel conjunto de piel morena que acentuaba de una forma soberbia las curvas de ese regalo tan pésimamente envuelto en unas ropas que no le hacían justicia alguna…

Acariciándose los pezones y rozándose con los dedos ese volcán del deseo, fue hacia su propio infierno mordiéndose los labios… Sus 25 espléndidas primaveras se acoplaron perfectamente al cuerpo de Ana. Comenzó a soplarle suavemente en el oído, a chuparle el lóbulo de la oreja, acariciarle el pelo… Mordisquearle la nuca, al tiempo que sus dedos toqueteaban como baquetas el tambor de la lujuria… Piel sedosa con olor a melocotón en almíbar (su favorito)… El cuerpo de Ana, tras sentir aquellas caricias, se dio la vuelta… Quería más y vaya que si recibió más… Cecilia se apoderó de ella, la besó, la estrujó contra sí… Restregó su sexo contra el de Ana, le introdujo los dedos en su vagina y allí se entretuvo hasta que la hizo correrse y despertarse medio somnolienta… Ana miró atónita esa belleza escultural, Cecilia le echó un guiño pícaro… Pero ella no lo entendía, no podía imaginarse por un momento…

De repente se oyeron unos pasos, ambas se asustaron, Ana, aprovechó la ocasión para salir de esa situación y desembarazarse de Sor Cecilia… Pero no pudo… Intentó gritar, pero le tapó la boca… Ana le mordió y Cecilia, viéndose presa de un castigo inminente apretó el cuello de Ana, engullida por el miedo… Cuando ya pasó el peligro, vio como el cuerpo de Ana yacía en la cama, inerte… Cogió el cuerpo de Ana y lo echó por encima del de Lidia… Agarró sus cosas y desapareció muy asustada…

Lidia fue despertada por las monjas, entre ellas Cecilia y una agente de policía…

(Continúa)

piedra

Había sido una piedra en el camino
que siempre lleva a ninguna parte,
para jugar a ser patada en los pasos de la gente.
Tenía las aristas gastadas de tiempo,
y sus brillos de cuarzo ya eran más una leyenda,
que guiños seductores,
desde la humilde vida que vive la tierra.
No servía para esculpir testas nobles,
ni tan siquiera cabezas de media apuesta,
pues sus sueños no eran otros que los sueños
que duermen el cansancio de la arena.
Era todas las piedras que rompen los cristales,
o las que juegan a la pata coja,
en los cuadrados de tarde de una acera.
No sabía de pirámides, ni de rascacielos,
ni entendían de oro, y plata, sus maneras.
Pesaba kilos, y no quilates,
abría brechas, y no sentencias.
Ahora descansa sobre papeles en blanco,
a los que cuenta lo que recuerda
de cuando tan sólo era una piedra.

© pokit in a pocket “piedra”

Residencia

Residencia

Versión A:

Estaba muy oscuro.
En aquella residencia de estudiantes las sombras de la noche siempre se acentuaban y se hacían más tenebrosas, así como que bastaba el más leve de los sonidos para despertar la intranquilidad en quien habitaba.
Apenas quedaban cinco días para la Navidad y la mayoría de las chicas ya se habían ido a sus respectivos hogares, a disfrutarlas junto a sus familias. Pero Ana y Lidia siempre esperaban hasta el último instante para marcharse.
Ana tenía el billete de autobús para las 12 horas del día siguiente, mientras que a Lidia le tocaba coger el avión de la 1h de la tarde.
Allí estaban las dos, caminando sigilosamente por los pasillos, rezando entre risitas por que las monjas no las pillaran.
Estaban a punto de llegar al cuarto de Lidia cuando Ana, en un alarde de torpeza pisó la baldosa falsa, que emitió un ruido inesperado en aquella noche tranquila, que las hizo sobresaltarse. El primer impulso de Lidia fue empujar a Ana contra la pared y taparle la boca para que no emitiera sonido.
Se quedaron así un rato, mirándose en la oscuridad mientras sus respectivos corazones latían acelerados.
Entonces Lidia posó sus labios sobre los de Ana, besándola. Ésta, influída por la excitación del momento la respondió sin pensarlo, hasta que se separó de una manera un tanto brusca, diciendo:
- Parece que la monja no viene, sigamos, anda.
Entraron en el cuarto de Lidia. Ésta se sentó un su cama, mientras que Ana optó por la silla de escritorio.
Lidia, haciéndole un gesto con la mano, le dijo dulcemente:
- Anda, ven aquí que no te voy a comer.-
A lo que Anda respondió a la manera de reproche:
- ¿Ah, no? ¿Y qué ha sido lo de antes?
- ¿Lo de antes?, ¿a qué te refieres con lo de antes?. - Anda, niña, ven aquí para que nos podamos escuchar bien sin tener que alzar la voz.
Ana lo dudó unos segundos antes de acceder.
Al cabo de unos minutos ya estaban otra vez como siempre, hablando de sus cosas, riéndose, disfrutando de la gran amistad y tierna complicidad que las unía.
Una cosa llevó a la otra, y terminaron haciéndose cosquillas.
Lidia, que era muy sensible, no podía aguantar las risas, por lo que esta vez fue Ana la que tuvo que taparle la boca, echándosele encima.
Lidia apartó suavemente la mano de su compañera, mientras la miraba y le decía en un tono de voz apenas perceptible:
- Estás muy guapa esta noche.
- No sé que carajos te pasa, Lidia, pero déjalo ya, ¿quieres? - respondió Ana.
- No seas boba y déjate llevar.-
Ana la miró con una mezcla de miedo e incertidumbre, mientras que Lidia le acariciaba los cabellos. De ahí pasó a la mejilla y de ésta a los labios...
Ana dejó escapar un leve sonido que indicaba que aquéllo le gustaba, así que Lidia no dudó en besarla, siempre con mucha suavidad y dulzura.
Ana empezó a dejarse llevar, intentando no pensar en nada en concreto. La situación no dejaba de ser agradable, aquéllo sólo eran inocentes besos y juegos de caricias.
Las manos de ambas chicas se movían con total libertad sobre aquellas geografías desconocidas hasta el momento; colonizando montañas y estrechos que jamás hubieran imaginado existieran. Manos que abrían camino a lenguas más tímidas pero igualmente ardorosas.
Todo era tan tierno, tan limpio, tan puro...Hasta culminar en un gran abrazo en que quedaron fundidas mientras eran alcanzadas por Morfeo.
Al poco rato sonó el despertador. Se levantaron raudas; aún les quedaba mucho camino por recorrer.

VERSIÓN B:*

La Residencia.

La residencia de estudiantes se encontraba situada al final de un frondoso bosque de hojas amarillas. Compuesto en su mayor parte por castaños de grueso tronco que habían echado sus raíces sobre aquel espeso manto de hierba. Esbeltos abedules que parecían querer tocar con sus ramas más altas el cielo gris. Acacias, robles y arces que se perdían entre los montes hasta donde alcanzaba la vista. A la entrada, se elevaba una alta verja de hierro forjado, macizos de flores cuidadosamente arreglados y un estrecho camino de grava que conducía hasta los grandes frontones de madera de la entrada. Se trataba de un edificio sobrio y funcional, con cierto aire de fortaleza y hermetismo. Se caracterizaba por su horizontalidad y su simetría. Con grandes pilastras y columnas que parecían dispuestas para impresionar e infundir respeto al visitante. En suma, un feo y enorme bloque de piedra, inexpresivo, metódico y ordenado, que se erguía pesadamente en los lindes de aquella verde floresta.
Finas gotas de lluvia resbalaban sobre la ventana de la habitación de Elizabeth. Posó la yema del dedo y dibujó en la humedad adherida al cristal una carita sonriente. ¿Qué estaba haciendo allí? La idea de estudiar un año en el extranjero sonaba atractiva, pero tener que vivir en aquella residencia para señoritas de las Ursulinas, no entraba en sus planes. Fue una ocurrencia de sus padres para mantenerla alejada de los peligros que la acechaban en la ciudad. Desenroscó el capuchón de su pluma estilográfica y continuó con lo que estaba haciendo, redactar una carta para su amiga Inés. No se veían desde el año pasado, cuando veranearon juntas en Ibiza. Qué lejanos parecían ahora aquellos días en la playa de San Vicente. Suspiró. El grueso verjurado absorbía la tinta con rapidez aunque, por desgracia, no había gran cosa que contar. Con una letra pequeña y redondeada, que denotaba una gran reserva y cierta tendencia a la sumisión, Elizabeth fue desgranándole a su amiga lo vivido en aquellos meses. Las nuevas amistades, ir de compras por la ciudad, la rutina de las clases pero, sobre todo, la aplastante sensación de soledad que le producía la residencia. Cuando hubo finalizado el último párrafo, sintió una presencia extraña en la habitación. Alguien la observaba desde la puerta de la entrada, se trataba de la hermana Cecilia. Se había incorporado a la residencia hacía sólo un par de días y, al contrario que el resto de las monjas, que eran mujeres de avanzada edad, hoscas y malhumoradas, la hermana Cecilia era joven y tenía un carácter risueño y dulce. Una sonrisa cómplice se dibujó en su rostro cuando comprendió que Elizabeth la había descubierto espiándola. Avanzó un par de pasos, cerrando la puerta de la habitación a sus espaldas. El silencio era absoluto en aquellos largos y oscuros corredores durante las últimas horas de la tarde. La mayor parte de las chicas se encontraban estudiando o viendo la televisión en el piso de abajo. La hermana Cecilia se acercó a Elizabeth y le dio un suave y cálido beso en los labios. Nunca la habían besado de aquella manera, un encendido rubor le cubrió de inmediato el rostro.
A decir verdad, la experiencia de la muchacha con los chicos era muy escasa y siempre había consistido en un apresurado manoseo en el asiento trasero de un coche y una serie de besos pegajosos y sin gracia. Había perdido la virginidad a manos de un antiguo novio, tan dulce y encantador como irremediablemente torpe en lo relativo al sexo. Aún lo recordaba peleándose con el cierre del sujetador, mientras con la mano diestra estrujaba sus pechos como quién exprime una naranja.
Las manos de la monja, sin embargo, se sumergieron con asombrosa facilidad bajo el grueso suéter de Elizabeth. Se lo sacó con un sencillo movimiento, mientras continuaba besándola en los labios y en el cuello. Su cuerpo no tardó en reaccionar a las caricias y pronto sintió una mancha oscura y húmeda extendiéndose por la entrepierna de los pantalones vaqueros. Al contrario de lo ocurrido con su ex novio, el sujetador fue retirado con extrema facilidad. Al instante, asomaron dos enormes y turgentes senos. Los labios de la hermana Cecilia se desplazaron de la boca de la muchacha a las sonrosadas aureolas y después a los duros y excitados pezones. Los botones del pantalón vaquero fueron saltando uno tras otro. Sin retirar la seda de las diminutas bragas, acarició con suma delicadeza aquella abertura, hasta decidirse finalmente a desposeerla de su lencería. Besó entonces los tímidos labios del sexo húmedo, separándolos haciendo correr su lengua arriba y abajo hasta que alcanzó el sensible y delicado clítoris. Humedeció levemente las yemas antes de acariciarlo formando pequeños círculos sobre él y juguetear con la punta de la lengua mientras la penetraba con los dedos. Una embriagadora sensación de vértigo inundaba a Elizabeth por todo el cuerpo, comenzó a mover la pelvis de manera incontrolada y a gemir de puro goce hasta alcanzar un intenso orgasmo. Se tumbó entonces la hermana Cecilia sobre la amplia cama de la muchacha y, alzando hasta la cintura la basta tela de su hábito monacal, la arrastró juguetonamente tras de sí. Elizabeth posó sus manos sobre las enrojecidas y despellejadas rodillas de la religiosa. Le separó las piernas y sepultó su rostro en la rizada espesura que se abría ante sus ojos.
Apoyada en el borde de la cama, tenía las piernas dobladas bajo el vientre y las nalgas se sostenían levemente por encima de los talones. El dulce aroma del sexo la embriagaba. Los flujos vaginales de la monja se mezclaban con sus propias babas y goteaban tenuemente sobre las blanquísimas sábanas de algodón. Su lengua recorría los húmedos pliegues de aquella carne e incluso se atrevía a repasar los misteriosos contornos de su esfínter. Había algo en la belleza triste e inmaculada de la hermana Cecilia que la invitaba a explorar todos los rincones de su frágil cuerpo, sin asomo de repugnancia.
En ese momento, unas ásperas y férreas manos abrieron las nalgas de Elizabeth. Sorprendida por aquella inesperada presencia, alzó la cabeza y únicamente pudo atisbar la figura de un hombre de cierta edad que esgrimía la verga más grande que aquella muchacha había visto en su vida. Era desproporcionadamente larga, gorda y venosa. Rematada en un capullo hinchado y rojo.
Se trataba de Lisardo, el viejo jardinero encargado de cuidar las flores que adornaban la entrada de la residencia. Alguna vez las chicas habían bromeado entre ellas sobre su extraño aspecto. La obligó a levantar un poco el culo y separar las piernas, sus rudos ademanes contrastaban vivamente con las dulces maneras de la hermana Cecilia. Aquel descomunal pedazo de carne se deslizó dentro de ella con total facilidad. Los movimientos del jardinero fueron pausados durante los primeros instantes, pero inmediatamente adquirieron una sorprendente energía. En cada nueva embestida, aquel feroz ariete entraba y salía del cuerpo de Elizabeth, arrancándole escandalosísimos gemidos de placer.
Sería un auténtico milagro si la residencia entera no se percataba de lo que estaban haciendo allá arriba. El jardinero le gruñía ordinarieces y azotaba sus nalgas con la mano abierta, mientras continuaba follándosela más y más fuerte. De encima de la mesilla de noche, Lisardo tomó un bote de crema para las manos. Dejó caer un poco sobre la yema de los dedos y aplicó aquella oleaginosa sustancia sobre el estrecho y enteramente virginal esfínter de la muchacha. Mientras asaltaba la entrada principal, sus dedos largos y anchos, convenientemente lubricados, se iban abriendo paso por caminos menos transitados. Cuando aquel minúsculo orificio estuvo preparado para alojar a su nuevo huésped, el jardinero retiró su herramienta del hambriento y mojadísimo coño de la estudiante y se dispuso a sodomizarla. Hizo presión firmemente sobre aquel elástico anillo que se iba dilatando a medida que se sucedían las intentonas por atravesarlo.
La muchacha dio un grito, más de sorpresa que de dolor, cuando una gran parte de la polla de Lisardo entró de golpe en su culo. El jardinero empujaba con fuerza, mientras la hermana Cecilia mantenía la cabecita rubia de Elizabeth pegada entre sus piernas. De repente, el cuerpo de la monja se tensó como la cuerda de un arco y soltó un agudo y prolongado gemido de placer. Casi al instante, la adolescente sintió una abrasadora sensación que nacía en lo más profundo de sus entrañas e igualmente dio una serie de breves y entrecortados gritos que resonaron por los pasillos de la residencia. Lisardo sacó la polla del estrechísimo ojal y la exprimió hasta que una lluvia de leche caliente salpico los rostros de aquellas dos extenuadas mujeres. Acto seguido, se subió los pantalones y se fue sin decir palabra. No había sido un mal día, después de todo. El trabajo era duro y el sueldo escaso pero, a veces, la vida te premiaba con pequeñas compensaciones.

FIN

*Las distintas versiones son de siferentes autores, siendo ambos dos anónimos (al menos de momento).

"Érase Quesera" III

(Tomad aire, que esta es la parte más larga).

Resulta que en las cercanías del colegio se encontraba una casa muy grande que estaba rodeada de un jardín un tanto descuidado, donde habitaba el “viejo gruñón verde” (así era como lo llamaba Quesera).
El viejo gruñón verde se llamaba Matías, era un señor mayor de unos setenta años, muy feo (a Quesera le habían enseñado a valorar la belleza interior desde chiquitita, pero es que este señor era muy feo) y bastante respetado en el pueblo, aunque Quesera siempre sospechó que ese respeto, en realidad era miedo, en parte debido a que se trataba de un hombre con gran poder (era dueño de la mayoría de las tierras de la zona), en parte debido a su “mala leche”.
El caso es que la mayoría de las gentes se llevaban bien con él, y aunque casi nunca le hicieran caso cuando hablaba (era muy pesado), dejaban que sus hijos jugaran en los alrededores de su casa, e incluso a veces le pedían que los vigilara mientras ellos realizaban sus obligaciones.
La primera vez que Quesera vio al viejo Matías pensó “qué raro, ese señor tiene la piel verde”. Le dio un poco de repelús, pero cuando preguntó por ahí que por qué ese hombre tan feo era de color verde la miraron todos como dudando entre si se había vuelto loca, o si ya estaba con uno de sus chistes en la boca.
Al poco tiempo de llegar a Ansarme, Quesera se encontraba jugando con sus amigos a la salida del colegio, al lado de la casa del viejo Matías, cuando se les perdió el balón como por arte de magia. Eso era algo que solía ocurrir cuando jugaban en esa zona, y la cosa siempre concluía como misterio no resuelto.
Quesera opinaba que el balón debía de hallarse en las dependencias del viejo de cara verde, pero los niños le decían que no, que se limitaran a cambiar de juego, ya que siempre ocurría lo mismo, que el viejo Matías decía no saber nada al respecto…
Pero a Quesera no le convencían nada ese tipo de respuestas, así que se decidió a saltar el muro, para ver si encontraba el dichoso balón, esperando que el viejo no la descubriera.
Una vez dentro del jardín, se sorprendió observando la especie de selva que se abría ante sus ojos. Comenzó a buscar entre los arbustos hasta que finalmente vio el balón –l o sabía- pensó mientras sonreía para sí, cuando una desagradable voz le dijo: -¿Quién eres tú y qué haces en mis propiedades?-
Ella respondió con voz entrecortada:
- Soy Quesera y…y es que…, es que se nos cayó el balón aquí dentro-
- ¡Ese balón no es tuyo! Así que déjalo ahí y vete de mi casa, niña entrometida. ¡Vete!- Dijo el viejo mientras señalaba hacia una puerta cerrada que había en medio del muro - ¡Y que no me entere yo de que hables a nadie de esto!

Quesera salió corriendo mientras pensaba – ya sabía yo que era verde este señor…-
Los demás niños la estaban esperando fuera, así que al verla salir con la cara tan pálida se extrañaron y le preguntaron:
- Qué te pasa? ¿Es que has visto un fantasma?-
Ella se limitó a decir:
- No, no pasa nada, juguemos a policías y ladrones.
Clara le preguntó:
- ¿Qué? ¿Estaba el balón?
- No, respondió Quesera.
- ¿Ves? ¿Qué te decíamos nosotros? – Dijo uno de los muchachos, con expresión de suficiencia en el rostro.

Desde ese día, cada vez que Quesera se encontraba con el viejo Matías tenía algún problema. O bien la miraba mal, o la trataba con desprecio, gritándola, incluso insultándola sin motivos. Parecía que el hombre tenía fijación con ella, y no perdía ocasión de intentar humillarla.
Al principio Quesera le respondía, no podía creer que el viejo fuera tan déspota, tan desagradable, ni mucho menos que se metiera con una simple niña, en lugar de buscarse a alguien de su tamaño y condición. Tampoco dejaba de asombrarle el hecho de que la gente se mantuviera impasible al observar semejante falta de decoro y aquello la enfurecía.
Lolo y Perchén eran los únicos que la defendían a capa y espada, sobre todo Perchén, que tampoco tenía buenos tratos con el viejo. Un día éste le susurró al oído: - Quesera, no digas nada, pero yo también le veo verde.-
Cuando Quesera se encontraba con Jaime y el viejo Matías se dejaba asomar, Jaime siempre tranquilizaba a la niña, pidiéndole que se limitara a ignorarlo.
Por fortuna transcurrían temporadas en las que Quesera no se topaba con el viejo verde, lo cual agradecía sobremanera, ya que el mero hecho de cruzárselo en su camino ya le causaba ardor de estómago.
Por supuesto, los padres de Quesera no sabían nada de todo esto, ya que ella no quería preocuparles, y el viejo mantenía la compostura delante de los padres de la niña.
Quesera en realidad sentía lástima por el viejo gruñón. Pensaba que era un pobre hombre amargado que no tenía a nadie, e intentaba llamar la atención de las demás personas como única forma de que alguien le hiciera un poco de caso, aunque se tratara de los niños que, según las teorías de Quesera, no le terminaban de gustar (a no ser que fuera para comérselos fritos), pero claro, ellos al menos jugaban delante de su casa, cosa que quieras que no, siempre acompaña un poco.
Sí, el viejo se las daba de simpático y cariñoso regalándoles cosas a los niños. Pero no colaba, resultaba muy patético el hecho de observar cómo un hombre de setenta años actuaba como si de un niño de cinco se tratara, sólo para intentar agradar.
En realidad había una niña que sí le gustaba al viejo Matías, y esa no era otra que la dulce Clara, la hija del alcalde.
Clara era una niña muy guapa de siete años, y Matías siempre le estaba regalando peluches y bombones, lo cual resultaba de lo más extraño. A la misma Clara le extrañaba la actitud que el viejo tenía con ella, pero simplemente se limitaba a aceptar los regalos con educación, dedicándole una amplia sonrisa y dándole las gracias. Al fin y al cabo, no había nada malo en el hecho de regalar peluches y bombones.
Al alcalde sí le preocupaba un poco el tema, pero mientras no pasara de ahí…

Un día, estaba Quesera hablando con el jardinero Jaime cuando pasó el viejo Matías y le dijo:
- ¿Qué haces con esa niña idiota, Jaime?-
Jaime le dijo a su amiga que se calmara, que no se rebajara a su altura, ya que todos sabían que ese señor no andaba muy cuerdo.
Quesera hizo caso de Jaime, ya que tenía toda la razón. Además, si ya había desarrollado un sentido especial que le hacía ignorar todo lo que tuviera que ver con el viejo gruñón verde.
El viejo insistió:
- Esta niña tonta es la que se dedica a robar los balones de sus amigos.-
La niña se hartó, y casi sin pararse a pensar gritó:
- ¡Eso es mentira! ¡El que roba los balones de los niños es usted, que yo lo vi y por eso me tiene tanta manía, por eso me insulta y me trata siempre de esa manera! ¡Verde, que mire que es usted verde!

Con tanta fortuna que dio la casualidad que pasaba el alcalde por allí junto a los padres de Quesera y algunas de las demás gentes respetables del pueblo, lo cuales escucharon la extraña conversación. Dirigieron una mirada de total desaprobación hacia el viejo Jaime, el cual sintió tanta vergüenza que decidió ausentarse del pueblo durante una larga temporada.
Nadie sabía cuánto duraría el exilio del viejo Matías, pero desde entonces el pueblo lucía más colorido y alegre que nunca, exhibiendo una gama de verdes que no se recordaban desde los tiempos del charlestón. Después de todo, tal vez Quesera tuviera razón y no sólo el viejo Matías tuviera la piel de color verde, sino que la causa podría venir dada porque absorbiera la energía y color de los seres vivos que crecían con alegría y naturalidad por los alrededores.

Con el tiempo, todos fueron haciéndose mayores.

Jaime se fue un año a estudiar el C.O.U a Estados Unidos, se cansó (alegaba que las chicas americanas eran demasiado sosas) y decidió meterse a estudiar Arquitectura paisajística en Madrid, en la academia que Quesera le había buscado por Internet.
Actualmente se encuentra felizmente casado con Toni, que ha cogido unos kilitos que no sólo le sientan estupendamente, sino que le permiten dejar de ser tan diva, haciendo una vida normal. Jaime tiene bastante éxito como Arquitecto paisajista.

Lolo, cuyo apellido era Tip, conoció a un chico bajito y gordo (pero muy simpático) llamado Coll, y decidieron montar un dúo humorístico.
Están empezando y no les va nada mal. Entre actuación y actuación Lolo intenta enrollarse con su profesora de vocalización.
Sí, es un genio, pero por fortuna todo apunta a que no se suicidará a los 35.

El viejo Matías regresó al pueblo. Al final de sus días ya no era tan malo, pero quizás ya fuera un poco tarde. Murió de viejo, de pena, de soledad y de verdor.
Su tumba está rodeada de arbustos verdes que crecen salvajes y en la lápida hay un epitafio que reza: “Verde que te quiero verde”.

Quesera se hizo sexadora de pollos y le va bastante bien.
En verano se casará con una joven promesa del rap, del cual se comenta que es el nuevo Eminem español.

En cuanto a Perchén... Un buen día se fue con un titiritero ambulante que pasaba por allí y le ofreció trabajo. Ni Lolo, ni Quesera, ni los tíos de éste, con los que vivía, lo pudieron impedir.
Actualmente se encuentra en paradero desconocido.
Pero esa es otra historia.

FIN.

“Dedicado al jovenPablo que se fue a estudiar el C.O.U a Estados Unidos”.